Los tres tipos que más vemos
El léntigo solar es la mancha del sol acumulado durante años: de bordes definidos y color uniforme, aparece en el dorso de las manos, el escote, los hombros y la cara. Suele ser estable y responde bien al tratamiento.
El melasma se comporta de otra manera. Forma placas simétricas en las mejillas, el labio superior y la frente, tiene un componente hormonal y es muy sensible a la luz y al calor, de modo que tiende a volver incluso cuando ha mejorado.
La hiperpigmentación posinflamatoria (la mancha que deja una inflamación previa) puede aparecer tras un grano, un roce, una depilación o un tratamiento mal tolerado. Es más frecuente en las pieles morenas, dura más cuanto más profundo queda el pigmento y se comporta más como una cicatriz de color que como una enfermedad de la piel.
El tono desigual es la suma de una pigmentación difusa, una rojez residual y una textura irregular, que de lejos se percibe como una piel apagada. Lo tratamos con los mismos principios que las manchas, aunque con otras expectativas.
Consulta al dermatólogo
Con qué se confunde
La confusión más frecuente es entre melasma y léntigo, y tiene consecuencias, ya que lo que funciona en uno puede empeorar el otro. El léntigo tolera tratamientos que en un melasma empleamos con mucha cautela, dado que el calor y la inflamación suelen reactivarlo.
La segunda confusión es con lo que no es pigmento. Un acné inflamatorio (el de los granos rojos y con pus) deja con frecuencia una marca rojiza, el eritema posinflamatorio (una rojez de origen vascular), que no mejora con despigmentantes. La dermatoscopia (la exploración de la piel con una lente de aumento y luz) nos permite distinguirlo en la consulta.
La tercera es la más importante. Algunas lesiones pigmentadas no son manchas benignas: el léntigo maligno, una forma inicial de melanoma (el cáncer de piel que nace de las células del pigmento), crece despacio sobre la piel dañada por el sol y puede parecer durante años un léntigo solar corriente.