Qué es la rosácea
Enrojecer es una respuesta normal: los vasos de la cara se dilatan con el calor, el esfuerzo, la emoción o una copa de vino, y después recuperan su calibre. El problema aparece cuando esa respuesta se dispara con estímulos mínimos, dura más de lo debido o deja una rojez de fondo que ya no desaparece.
La clasificación actual describe la rosácea por rasgos y no por subtipos cerrados. Esos rasgos son la rojez persistente en el centro de la cara, los rubores, las telangiectasias (pequeños vasos visibles), las pápulas (granos rojos) y las pústulas (granos con pus), el engrosamiento de la piel de la nariz y la afectación de los ojos. Una misma persona puede tener unos rasgos y no otros, y estos pueden cambiar con los años.
En su origen participan a la vez una alteración de la inmunidad innata (la primera línea de defensa de la piel) y una regulación anómala de los vasos y los nervios. A ello se suma una barrera cutánea (la capa que retiene el agua y frena a los irritantes) que suele estar más alterada de lo que parece. Por ello la piel con rosácea es, con frecuencia, también una piel sensible, y la cosmética, aunque no trata la enfermedad, sí cambia mucho cómo se vive.
Consulta al dermatólogo
Con qué se confunde
El acné (la inflamación del poro y de su glándula de grasa) es una de las confusiones que más vemos en consulta, y de las que más empeoran el cuadro. La rosácea puede dar pápulas y pústulas, pero no da comedones (los puntos negros y los puntos blancos), y tratarla con los productos secantes del acné suele empeorarla.
La piel sensible se define por síntomas como el ardor, el escozor o la tirantez sobre una piel que puede mantener una apariencia normal, mientras que en la rosácea hay signos visibles. Las dos conviven con mucha frecuencia, y en ese caso tratamos primero la enfermedad.
La dermatitis seborreica (una inflamación con descamación en las zonas grasas) da rojez con escamas en los pliegues de la nariz, las cejas y el cuero cabelludo, y a menudo coexiste con la rosácea. También puede confundirse con el rubor normal y con los pequeños vasos que deja el daño solar, aunque estos aparecen sin inflamación ni brotes.
Hay dos cuadros que debemos descartar sin demora. Uno es el lupus cutáneo (una enfermedad en la que las defensas atacan a la propia piel), que también enrojece las mejillas. El otro es la rojez inducida por corticoides (antiinflamatorios derivados de la cortisona), que aparece en quien lleva tiempo aplicándose en la cara una crema con corticoide.